Archive | December, 2012

Perspectiva

29 Dec

Esta es una historia verídica y los nombres se han omitido para no revelar la identidad de algunos de sus protagonistas.

Comenzaba para mí el último día laborable del 2012. Temprano en la mañana me encuentro con una amiga y en menos de un segundo sabía que algo no estaba bien. En el próximo segundo ya supe cuál era la emoción que controlaba su estado de ánimo: enojo, rabia. Comenzó pidiéndome que mirara por la ventana. Y así, escuchando sus palabras  complementadas con la imagen de su vehículo con un cristal destrozado, entendí la historia detrás de su rostro enrojecido y ojos llorosos. Apenas veinte minutos antes se había detenido frente a una conocida panadería. Estacionó su vehículo de apenas dos años en una de las avenidas más transitadas de San Juan. Tardó apenas unos cortos minutos en hacer su compra y de regreso a su vehículo se encontró con la alarma de su auto activada y varios testigos dando la versión de lo ocurrido. Un deambulante que frecuenta el vecindario agarró la tapa de metal de un contador de agua y la lanzó contra el cristal de la puerta del pasajero. Le echó mano a lo primero que encontró: un smartphone último modelo y su cartera de mano. Salió corriendo con su botín y aunque varios lo vieron, nadie hizo nada. Ella, ante el enojo y el nerviosismo del momento, se fue del lugar sin hacer nada.

Junto a otros compañeros tratamos de calmarla y recomendarle los próximos pasos a seguir.  Primero: llamar a la policía para orientarnos sobre el proceso de presentar una denuncia. Nos indicaron que una patrulla pasaría por el lugar de los hechos más tarde. Lo próximo, llamar a la compañía de su teléfono móvil para desactivarlo. Luego, el consenso general era que regresáramos inmediatamente al lugar y buscáramos por los alrededores con la esperanza de que el ratero hubiese soltado la cartera en algún punto cercano. Así por lo menos se ahorraría el gran problema de reponer sus documentos e identificaciones importantes. Además, teníamos que reunirnos con la policía.

Regresamos al lugar y buscamos por las rutas de escape que entendíamos pudo haber seguido el ladrón. Luego de un rato, encontré su cartera con todos sus documentos y algún dinero que el ratero no detectó en su apresurada búsqueda. Por lo menos, ya teníamos un punto positivo a nuestro favor entre tanto malestar e inconvenientes. Minutos después, la patrulla policíaca llegó y los oficiales tomaron los datos para “iniciar la investigación”.

Tratando de resumir la historia, hubo otros puntos positivos durante el día. Su teléfono estaba asegurado y si pagaba un deducible, tendría pronto un teléfono similar al que le habían robado. Además, otro amigo le consiguió una muy buena oferta para remplazar el cristal roto. Más tarde llevó el vehículo para que lo repararan.

Ya cerca de las 5PM estaba en el centro de servicio al cliente de su compañía celular y aparentaba que todo se estaba resolviendo de la mejor manera posible. El deducible para adquirir otro teléfono similar era $125. Y además, el teléfono no sería nuevo sino refurbished (casi nuevo, levemente usado). A mi amiga no le agradaba esto y el enojo que ya había logrado manejar durante el día amenazaba con tomar el control nuevamente. Tan pronto recibe su nuevo teléfono, recibe una llamada del taller donde estaba su vehículo. No habían recibido el cristal que necesitaban. Y debido al fin de semana y días festivos próximos, no tendría su vehículo sino  hasta el próximo miércoles (5 días más tarde). Ante esta noticia, la rabia tomó control del momento. Comenzó a quejarse de todo lo ocurrido durante el día: los cerca de $500 que había gastado hasta ese momento, los días en que dependería de otras personas para su transportación, el teléfono usado que recibió luego de pagar $125… Decía que hubiera preferido encontrarse con el ratero en el momento de la fechoría para enfrentarlo y agredirlo. Ya sus palabras estaban llenas de rencor y carentes de toda prudencia y sensatez. La muchacha que la atendía le dijo –“Este teléfono es algo material que se puede remplazar, pero lo importante es su vida y su salud. Gracias a Dios todo está bien y usted está viva.”

Pero mi amiga no quería escuchar, solamente soltar a través de sus palabras la rabia que sentía. Y tal vez habrá quién opine justificando sus palabras y acciones en ese momento de gran enojo.

La joven que le atendía le añadió –“Le quiero decir algo para tratar de que se sienta mejor. No es mi intención ofenderla y espero me entienda. Pero esto es material y se puede reponer; la vida no. La vida es lo realmente importante. Mi papá murió este pasado domingo y su vida no se puede reponer. ¡Cómo quisiera que $500 me trajeran de vuelta a mi papá!”

Silencio….

En ese momento, por primera vez miré a esa muchacha y vi en su rostro las huellas dejadas por varios días de llanto. Me aferré a mi nerviosa y extraña sonrisa, sabiendo que estábamos todos al borde de un precipicio. Y que un paso mal dado por cualquiera de los allí presentes, nos empujaría a todos en una caída libre, sin saber que tan profundo caeríamos o cuán lastimados saldríamos. Me agarré con fuerzas a tal vez la sonrisa más vacía y falsa de mi vida, luchando en mi interior por mantenerme firme e inconmovible. Pasaron unos segundos eternos… seguíamos allí, nadie se fue risco abajo. Aparentemente pasó el peligro.

Horas después, me siento agradecido por tantas bendiciones, especialmente por la capacidad de aprender, de entender, aún cuando las lecciones no vayan dirigidas a mí (aparentemente) ¿Cuál es la lección entonces? Si has leído hasta este punto, entenderás sin tener que explicar…

 

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