El conserje

29 Aug

Hace unos años conocí un empleado de mantenimiento en mi trabajo. Era un muchacho normal: alegre, sociable, buena gente.

Antes de continuar, quiero añadir que mi papá era conserje. Por muchos años trabajó en San Juan y viajaba en transporte público los fines de semana a mi pueblo natal. Lo veía solamente dos días en la semana. El resto del tiempo se hospedaba en San Juan. Mi profesión se la debo a todos esos años de esfuerzo y sacrificio, trabajando lejos de su familia. Y eso me ha ayudado a apreciar el trabajo de cada persona, sin tomar en cuenta su salario o su posición

Bueno, sigamos con el empleado de mantenimiento. Vamos a llamarlo Tito, por ponerle un nombre. En ese entonces, parte de mi trabajo incluía reparar computadoras, hacer upgrades, incluso montar un CPU de diferentes piezas hasta dejarlo funcionando. Tito siempre daba la vuelta por mi escritorio con curiosidad y de vez en cuando hacía alguna pregunta. En una ocasión me preguntó si yo podía enseñarle a montar y reparar computadoras. Él estaba dispuesto a quedarse fuera de horas laborables y yo accedí. Cada tarde venía y yo le explicaba algo de teoría, del funcionamiento de cada pieza, cómo instalarla, etc. Tito realmente disfrutaba esos momentos en que yo le enseñaba algo y él me ayudaba con mi trabajo. Y aprendía rápido y bien.

Más adelante Tito consiguió otro puesto en otra área de nuestra empresa. Hasta ahí llegó nuestro intercambio tecnológico durante las tardes. Pero podría decir que ya la semilla estaba sembrada. Tito regresó a estudiar y terminó un bachillerato en sistemas de información. Al tiempo, regresó a trabajar conmigo como mi supervisado. Resumiendo la historia, las vueltas del destino hicieron que más adelante trabajáramos como colegas, al mismo nivel. Luego fue reclutado por una agencia del gobierno federal y se fue de nuestra Isla. Su trabajo lo ha llevado por varios lugares en Estados Unidos y el resto del mundo.

Aunque Tito y yo tuvimos una buena amistad y conversábamos mucho, creo que nunca pude decirle muchas cosas. Nunca pude expresarle suficientemente la admiración y respeto que siento por él. No sé si sabrá del orgullo y satisfacción que dejó en mí. Y que estoy seguro que fue mucho más lo que aprendí de él, que lo que él aprendió de mí.

Con el paso de los años he podido definir lo que quiero hacer con mi vida. Hay muchos roles que he desempeñado, varios de éstos enseñando. He descubierto que no quiero ser un experto en nada. No voy ni quiero ser el mejor facilitador de clases de yoga. No quiero ser una eminencia en espeleología, ni en rescate ni aventuras en la naturaleza. No quiero ser un consultor experto en tecnología e informática. Quiero saber lo suficiente para compartir con aquellos que lo necesiten. Quiero ser el que abre las puertas y muestre el camino a seguir. Sé que mi conocimiento y experiencia son más que suficiente para los Titos que crucen mi camino con el deseo de aprender. Con gusto compartiré todo lo que pueda ser de provecho a los demás. Ya no tengo en mi mente el deseo de competir y ser perfecto. Quiero seguir aprendiendo y siempre habrá algún maestro de quién aprender. Y siempre habrá alguien que se beneficiará de lo que he aprendido hasta ahora.

SENTIRME bien…

26 Jun

Me lo encontré un día de semana, a la hora de almuerzo en Plaza del Norte, en Hatillo. Y doy los detalles porque trabajo en San Juan y andaba por ese lugar por “asuntos oficiales”.

Primero, debo decir que me encanta sentarme en sitios concurridos y observar las personas caminando o haciendo cualquier cosa. Miro cada detalle: rostros, expresiones, estilos de caminar, vestimenta, etc. Busco “leerlos”, tratar de recopilar datos y crear en mi imaginación una historia que acompañe las imágenes visuales que analizo. Disfruto a la vez que aprendo en esos momentos.

Ya había comprado mi almuerzo y sentado me entretenía escaneando a la gente en el food court. A la vez que almorzaba, afinaba mis “destrezas de observación”. La mirilla se posó en un señor que comía algún combo de precio módico. Me imagino que por haber nacido y crecido en un pueblo pequeño, en una barriada casi-campo, podía identificarme con aquel caballero. Debía tener más de 60 años. Estaba vestido con un traje y corbata. La chaqueta y pantalón combinados, de una tela sintética, desde la distancia diría que poliéster. Los diseños de la tela me hacían viajar en el tiempo a mi niñez. Recuerdo que un compañerito en la escuela tenía una camisa “safari” (¿así era que le llamaban?) de ese material. Y  por arreglar un hilito suelto le estropeamos la camisa. Halar un hilo de aquella tela era como en los muñequitos: podías comenzar a halar un hilo y si continuabas halando, terminaba la camisa desvaneciéndose, convertida en un enredo de hilos en el suelo. Creo que ya tienen la idea: un traje de poliéster de los 70’s.

En mi mente, ya el cuadro estaba completo. Este caballero venía de alguna montaña de Utuado, Arecibo o Camuy. Tendría alguna cita médica con algún ____ólogo especialista en Arecibo. Y si “bajaba pa’l pueblo” pues tenía que ponerse sus “mejores galas”. A fin de cuentas, su traje estaba todavía como nuevo; todos los años él cambiaba los macitos de pacholí de su closet.

Mucha gente lo miraba de manera rara. Y no puedo negar que mi primer impulso fue reírme por lo ridículo que se veía. Pero la risa no llegó a materializarse. Sólo me dio curiosidad. Cuando miré su rostro vi una de las sonrisas que jamás olvidaré en mi vida. No sé cómo describirla; sólo puedo decir que ese señor sonreía como si estuviera en el mejor de los restaurantes, con los mejores manjares, vistiendo las creaciones más recientes y elegantes de algún diseñador europeo.  Ajeno a los juicios y pensamientos de quienes le miraban, aquel caballero se veía feliz; estaba feliz. Aquel hombre se disfrutaba aquel momento sin importar lo que otros pensaran.

En ese momento entendí, no con la cabeza sino con el corazón, que para sentirse bien sólo hay que SENTIRSE bien. Que aunque las circunstancias que me rodean pueden influir, para sentirme bien el factor determinante soy YO. Y dónde yo vaya, dónde yo esté puedo llevar ese bienestar, esa felicidad conmigo. Puedo escoger no lamentarme, ni torturarme por lo que no es o lo que no fue.  Así trato de vivir mi vida: disfrutando y pasándola bien sin importar dónde esté y qué haga. Para sentirme bien, lo único que hace falta es que esté presente, aquí, ahora, con la intención de pasarla bien, de SENTIRME bien.

Nota:

Este pasado fin de semana comencé a escribir este artículo y como otros, se quedó inconcluso porque no estaba “inspirado”. Esta mañana vi este vídeo de TED.com y realmente me dio el empujoncito necesario para terminarlo. Te invito a que veas esta y otras presentaciones verdaderamente inspiradoras e interesantes. Muchas tienen la opción de subtítulos en español.

Falta intencional…

13 Jun

Una de las cosas que he aprendido en mi camino es la importancia  y la necesidad del contacto físico. Pero permíteme aclarar inmediatamente. Me refiero al contacto físico bien intencionado: un apretón de manos, un abrazo, una palmada en el hombro.

 Muchas disciplinas hablan sobre la conexión entre nuestro cuerpo físico, nuestros pensamientos y emociones, y nuestra alma. Lo que ocurre en nuestro cuerpo afecta como nos sentimos anímicamente. Y así en dirección opuesta, los pensamientos en nuestra cabeza y los sentimientos en nuestro corazón afectan nuestro cuerpo. Podemos preguntar a muchos especialistas: masajistas, practicantes de yoga, maestros de artes marciales, terapistas físicos y otros profesionales de la salud. Cada uno lo podrá explicar con diferentes palabras y conceptos, desde diferentes perspectivas. Pero en esencia todos  coinciden en el fundamento de que estamos “alambrados” internamente para que nuestra alma, corazón, mente y cuerpo se interconecten y se comuniquen.

 Cuando nos enamoramos sentimos “la fragancia que nos entra por el centro del pecho” (si te sonríes al leer esto ¡estás delatando tu edad!). Cuando estamos nerviosos se nos descompone el estómago. ¿Has visto a alguien que con solamente ver su postura y su caminar sabes que algo no está bien? Me viene a la mente una frase que hace muchos años escuché de mi maestra Shanti: “Como es adentro es afuera”.

 Es importante que repasemos y examinemos la manera en que establecemos el contacto físico. ¿Has escuchado a alguien quejarse: “¡Que no venga mi pareja a tocarme y darme masajes que lo hace fatal!”? Y por otro lado, ¿recuerdas los sobitos de tu mamá, de tu abuela u otro ser querido? ¿Prefieres abrazar a algunas personas y a otras apenas le das la mano? Un buen abrazo recarga baterías y  nos hace el día.

Un factor determinante en cada contacto es nuestra intención. Muchas veces tenemos la capacidad de percibir la intención de alguien cuando tiene contacto físico con nosotros, sea negativa o positiva. En cada apretón de manos, en cada abrazo transmitimos información, emociones, energía, cómo le quieras llamar. Por eso debemos estar conscientes de nuestras intenciones al tocar a otra persona. En mi caso, trato de que cada contacto sea una oportunidad para transmitir cosas positivas. Trato de enfocar toda mi atención en la mano que se acerca a saludar a la otra persona. Aunque el momento sea breve, trato de concentrar bienestar y energía positiva en ese instante, en esa parte que toca al otro. Cuando abrazo busco sentir mi respiración antes, durante y después del contacto. No me gusta dar palmadas en la espalda, ni moverme; sólo estar quieto y sentir profundamente el abrazo. Cuando el contacto es con un ser querido o un amigo, pongo en mi pensamiento la intención de que pueda él o ella percibir mis sentimientos.

En los deportes, especialmente en el baloncesto, una falta se declara cuando hay contacto físico indebido entre los jugadores. Y si el árbitro piensa que fue adrede, se canta una falta intencional. En el baloncesto, la intención hace mucha diferencia. Así también, que nuestra intención positiva haga diferencia en la calidad de nuestras interacciones con cada ser humano que compartimos cotidianamente.

La maestra y el tembleque

8 Jun

Hace algunos años, cuando era Boy Scout, nuestra patrulla decidió buscar alternativas para recaudar fondos. Mi mamá nos preparó tembleques y nos fuimos por las calles de nuestro pueblo a venderlos. No era tan agradable ir de casa en casa, repitiendo el libreto para solicitar cooperación, encontrando más rechazos que ventas. Me tocó llamar a una casa – ¡Señora! ¿Quiere cooperar comprándonos un tembleque? – Yo espero que mi cara no haya reflejado la mezcla de sorpresa y terror que sentí en ese momento al ver la persona que venía sonriente a atenderme.

Mrs. Rivera” (uso un nombre ficticio para, primero, proteger su identidad y segundo, porque no recuerdo para nada su nombre) era una de las maestras “malas” de mi escuela. Al menos esa era mi opinión y la de muchos estudiantes. Era estricta, seria (nunca la había visto sonreír antes), exigente y enseñaba bien su clase. Mantenía muy bien la disciplina en sus  clases. ¿Lo ven? Si les digo que realmente era “mala”. Y allí venía ella caminando a ver quién llamaba a su puerta.

 Tengo que haber gagueado tratando de repetir el memorizado discurso. Pero ella con su sonrisa y su dulzura no dejó que terminara las explicaciones. Buscó el dinero y me compró el tembleque. Agradecido y a la vez confundido, continué con el resto del grupo en la venta, pensando cómo sería el próximo encuentro con la maestra en la escuela.

Los seres humanos aprendemos a vivir una existencia dividida en roles, en personajes. Usamos como criterio el lugar, el contexto y las funciones o tareas de cada momento para determinar cuál “personalidad” se va a manifestar. Por ejemplo, en mi hogar soy un personaje diferente al que está presente durante horas laborables en mi trabajo. Cuando me voy a “janguear con mis panas”, cuando estoy en la iglesia o cuando voy a una entrevista de trabajo, en cada situación presento una cara diferente, una manifestación distinta de un mismo ser. Muchas veces las diferencias entre cada personaje son muy marcadas, al punto de llegar a parecer personas diferentes.

Utilizamos este mecanismo para poder sobrevivir y proteger lo que fundamentalmente somos: el actor detrás de todos esos personajes. Como en el caso de “Mrs. Rivera”, su personaje en el salón de clases le permitía tener control completo de su entorno y de los “angelitos” que participaban en su clase. Por otro lado, el personaje que me compró el tembleque, entendía ella, no hubiera sido efectivo al intentar manejar su grupo de estudiantes.

Este fraccionamiento de nuestra vida en roles y personajes nos puede funcionar a cierto grado. Pero llega el momento en que el actor se confunde y se pierde detrás de todos los personajes diferentes que representa. Esta división puede complicar nuestra existencia y causarnos sufrimiento cuando los pensamientos, palabras y acciones de un personaje trascienden su entorno y crea consecuencias negativas a los demás personajes. Por ejemplo, cuando el personaje que se va a “janguear con los panas” llega borracho a su hogar, donde se supone que se manifieste solamente el personaje del padre de familia.

Para resumir y no complicar más este tema, vivimos nuestras vidas fraccionadas, escondiendo quién realmente somos detrás de todos los personajes que representamos cotidianamente. Aquella frase en un templo griego, “Conócete a ti mismo”, se refiere a conocer al actor, a la esencia de lo que realmente somos. Cuándo eliminas todos esos personajes y los sustituyes por quien realmente eres, te vuelves realmente protagonista de tu vida. Vives de manera más productiva, efectiva. Tendrás una vida más plena, más feliz.

Y de “Mrs.Rivera”: pues se sonrió conmigo más a menudo en el salón de clases y ya no fue tan “mala”.

“This is a remix”

6 Jun

En esta ocasión más que decir, quiero preguntar cosas. Y me encantaría recibir respuestas o comentarios. Así que eres bienvenido a escribirme y compartir tu opinión.

En el artículo anterior usé como ejemplo el reggaetón y me quedé con algunas inquietudes. Primero quiero expresar que, con excepción de algunos casos, considero al reggaetón una forma de entretenimiento y no música. Y no es que esté en contra de éste. Pero cuando escucho a varios cantantes que logran afinar ayudados por Auto-Tune, pues, no encuentro mucho mérito musical.

Pero mi inquietud principal es, ¿porqué en cada canción te tiran todos los créditos al empezar? Me refiero a cómo al empezar una canción te anuncian quien canta, quién hace el “featuring” (artista invitado), la compañía productora, hasta el ingeniero/DJ que hace  la grabación y mezcla. Y si no es la versión original, te aclaran que “This is a remix”, le añaden par de carcajadas y hasta algo de tiraera. Ah, y en unos casos te tiran las proyecciones de ventas (“cien mil copias, obligao”) ¿De dónde surge tanta autopromoción? Esto me reafirma lo de entretenimiento vs música.

Aquí necesito la ayuda de algún experto, conocedor de la música popular puertorriqueña que me corrija si estoy errado. Según mis recuerdos, quien empezó todo esto fue el Conjunto Quisqueya cuando anunciaba en cada canción “Con el mismito sabor del Conjunto Quisqueya”.  Digo, según me contaron mis abuelos porque yo no viví esa época. En sus tiempos usaban ropa ajustada y bailaban “provocativamente”, al punto de que les cortaban sus presentaciones y los sacaban del aire por ser “muy fuerte”. Y las letras de sus canciones, muy pintorescas: “pónmelo ahí que lo voy a partir”, “yo quiero más maíz”, etc.

Volviendo a la actualidad, ¿qué refleja toda esta auto-promoción? ¿Es el mismo caso de cualquier producto que sale al mercado y, sin importar la calidad, puede convertirse en un éxito con la promoción y mercadeo adecuados? ¿O es señal de circunstancias mayores que afectan a toda nuestra sociedad? ¿Se ha vuelto normal en Puerto Rico que cada individuo se preocupe más por su imagen y estrategia de mercadeo que por sus cualidades y atributos profesionales y personales? ¿Se ha tornado más importante la imagen que la substancia?

Escríbeme y comparte tu opinión.

¡Tiraera!

31 May

Hace días contemplaba la idea de escribir sobre este tema. Pero hoy, al revisar los sitios y blogs que cotidianamente leo, encontré el siguiente artículo:

People Aren’t Against You; They Are for Themselves

Traducción: “La gente no está en tu contra; están por ellos mismos”.

Creo que es una señal. Así que… hablemos del tema.

Observando las redes sociales puedo encontrar tanta gente escribiendo sobre “los que me envidian”, “los que me critican”, “los traidores”, “los que me quieren hacer daño”, etc. Mensajes escritos en los walls de Facebook, fotos, letreros con palabras dirigidas a nuestros enemigos. Yo no sé si el reggaetón tiene que ver con todo esto. Digo, me refiero a la “tiraera” que constantemente vemos entre artistas del “género”, sea real o sea una estrategia de mercadeo para garantizar las “100 mil copias, obligao”. El asunto es que leo los comentarios de tanta gente descargando su ira contra quienes les envidian o los que consideran sus adversarios. Hay algunos que lo hacen con tanta frecuencia que ya parece parte de una rutina.

Lo cierto es que la mayoría de las personas no están  maquinando y planificando la próxima movida para “chavarle la existencia” a alguien más. En realidad, casi todos estamos ocupados en nuestros asuntos, en nuestras prioridades, en resolver nuestros problemas. Muchos viven tan metidos en sus cosas que se les hace imposible percibir que el resultado de sus decisiones y actos afectan negativamente a los que les rodean. No puedo negar que existen algunos que intencionalmente buscan dañar y herir a los demás (y lo disfrutan). Pero esos son los menos. La mayoría somos personas normales que buscamos nuestro bienestar y mejores opciones para nuestro futuro. El asunto es que mi bienestar muchas veces conflige con el bienestar de los demás. Por ejemplo, 10 personas solicitan un empleo pero sólo uno es el escogido. La fortuna del candidato escogido resulta en frustración y decepción para los restantes nueve candidatos.

En el libro “Los 7 Hábitos de las Personas Altamente Efectivas”, el autor Stephen Covey incluye como el cuarto hábito el “Pensar en ganar/ganar” (tu ganas, yo gano). Explica Covey que en cada interacción con otras personas debemos tener como meta el beneficio mutuo. Debemos evitar ganar a costa de la pérdida de los demás. Debemos tener como norte el bienestar mutuo. Esto no siempre es fácil pero si ponemos esta idea en nuestra mente y en nuestro corazón muchas veces conseguiremos ese deseado beneficio mutuo. Y cuando no se consiga, tanto nosotros como los demás sabremos que, aparte del resultado, nuestra intención era el beneficio mutuo.

Por otro lado, cuando le damos prioridad a criticar a nuestros adversarios, a señalar al que obstaculiza nuestro progreso, perdemos mucha energía y tiempo valiosos. Quitamos la vista de la meta que queremos lograr para “distraernos” evaluando al que compite a nuestro lado. Incluso, es posible que toda esa “tiraera” no es otra cosa que una excusa, una justificación de porque no progresamos o porque no conseguimos lo que anhelamos. Le echo toda la responsabilidad de mis fracasos a aquel “que me traiciona”, a aquel “hipócrita que no nos ayudó”.

Asumamos la responsabilidad y el control completo de nuestras vidas. Reconozcamos que debemos invertir adecuadamente nuestros esfuerzos, energías y talentos en lo que debe ser nuestra prioridad: nuestro bienestar físico y emocional, nuestro crecimiento profesional, personal y espiritual; resumiendo, la búsqueda de la felicidad.

y todo por un cambio en Facebook…

25 May

Mi padre biológico murió 19 días antes de mi tercer cumpleaños. Recuerdo haber visto apenas dos fotografías suyas, y una de éstas era en su licencia de conducir. No tengo recuerdos de él; solamente las historias y cuentos que escuché y muchos no eran tan buenos. Mi padre se convirtió en un personaje en mi imaginación, una creación mitológica de mi mente. Su sola presencia hubiera evitado cada momento triste o negativo de mi vida y lo hubiera arreglado todo. No conocí a nadie de su familia. Sólo sé que era de Orocovis. Así que con tantos espacios en blanco, creé esta imagen en mi mente a mi conveniencia.

A quién he llamado “Papi” el resto de mi vida fue a mi padrastro. Estuvo en mi vida desde mis 4 años pero tomó muchos años el que yo lo aceptará como figura paternal. Fue carnicero, capataz de construcción y finalmente conserje por muchos años. Solamente llegó hasta octavo grado.

Yo siempre fui un niño “brillante”, con buenas notas. En pocos años, intelectualmente le pasé por el lado a mi papá y lo dejé atrás. A partir de esos difíciles años de adolescencia, empecé a sentirme “superior”, “mejor que él”. Yo pensaba que éramos diferentes. A fin de cuentas no teníamos la misma sangre y la genética decía que éramos distintos. Entré a universidad y seguí aprendiendo a ser diferente, seguí forjando esta persona que yo quería ser: mejor que mis padres, especialmente, diferente a mi papá. Recuerdo tantas cosas que me molestaban de él y los conflictos que surgieron. Uno de éstos causó que en los últimos años de su vida hubiera más distancia entre nosotros.

Hace años que ya no está. Y hoy analizo mi vida… ¡y se parece tanto a la suya! Ahora soy padrastro de una niña y un niño maravillosos, Angélica e Ismael. Siempre busco tranquilidad, armonía y evitar los conflictos. Y cuando yo era un niño y él se comportaba igual, yo pensaba que eso era imposible y que actuaba así porque ya estaba viejo. A veces me sorprendo repitiendo las mismas palabras. ¡Hay tantas otras cosas que hacen que mi vida se parezca a la de él!

Hoy entiendo que aunque las palabras, las lecciones y los consejos ayudan, es el ejemplo el que hace que aprendamos de manera “invisible”, imperceptible, subliminalmente. Que el ejemplo hace que cambiemos profundamente mientras el ego superficialmente nos hace creer que somos “mejores”, “superiores”. He cometido muchos errores en mi vida, muchos más que él. Y entonces, ¿quién es “mejor”?

Hoy Angélica configuró su cuenta de Facebook para que aparezca como que yo soy su padre. ¿Qué más puedo decir? La ventaja de escribir aquí es que no tengo que preocuparme por quién vea las lágrimas, o cuántas quieran aflorar ahora. Ese pequeño detalle, ese cambio en una página de Internet ha causado que pueda entender tantas cosas. Que hoy me esfuerzo enormemente por hacer bien lo que antes para él y hoy para mí es difícil. Y que no hay palabras que superen tus actos, tu comportamiento, tu ejemplo.

¡Gracias, Angélica!

¡Gracias, Papi!